Un peptido inventado en un laboratorio danés multiplicó por diez el valor de una farmacéutica centenaria en cinco años. En 2024 valía más que toda la economía de Dinamarca.
Copenhague, otoño de 1922. Un profesor de fisiología de la Universidad de Copenhague, August Krogh, acaba de recibir el Nobel de Medicina y arranca una gira de conferencias por universidades de la costa este de Estados Unidos. Su mujer, Marie, es una de las primeras médicas graduadas de Dinamarca y padece diabetes, en aquellos años una enfermedad prácticamente equivalente a una sentencia de muerte. Marie ha leído en la prensa que unos investigadores canadienses acaban de lograr algo increíble: extraer insulina activa del páncreas de un perro y estabilizarla lo suficiente como para inyectarla a un paciente. Le insiste a su marido para que, aprovechando el viaje, se desvíe a Toronto y pida permiso para producir esa medicina en los países nórdicos.

August viaja, negocia con Frederick Banting, Charles Best y John Macleod, y consigue los derechos. Vuelve a Dinamarca en diciembre de 1922 con un puñado de frascos y una idea muy clara: no montar una empresa cualquiera, sino un laboratorio con estructura de fundación que ponga la ciencia por delante del dividendo. En marzo de 1923 los primeros pacientes daneses reciben insulina. Así nace lo que un siglo después se llamará Novo Nordisk.
Hoy en SomosBiz reconstruimos cómo aquella farmacéutica escandinava, centrada durante 90 años en fabricar insulina para diabéticos, tropezó casi por accidente con la molécula más comentada del siglo XXI. Y cómo, después de convertirse en la empresa más valiosa de Europa, ha vivido en 2025 y 2026 el mayor derrumbe reputacional y bursátil que se recuerda en el sector farmacéutico europeo.
1. Una fundación que manda más que los accionistas
Antes de entrar en el fenómeno Ozempic conviene entender por qué Novo Nordisk se comporta de forma distinta a cualquier otra farmacéutica cotizada. La compañía no la controla un fondo, ni una familia, ni un grupo de institucionales. La controla una fundación: la Novo Nordisk Foundation.
Los fundadores originales lo tuvieron claro desde el primer día. En 1951, la familia Pedersen (los hermanos que crearon la rama “Novo”) formalizó la fundación con dos objetivos: garantizar la continuidad industrial de la compañía y financiar investigación científica y proyectos humanitarios. La rama “Nordisk” había hecho algo parecido décadas antes. Cuando en 1989 ambas se fusionaron para dar lugar a Novo Nordisk A/S, la fundación quedó como accionista de referencia con control mayoritario de los derechos de voto.
Ese detalle jurídico es el que ha marcado toda la personalidad de la empresa. Sin la presión trimestral de un consejo dominado por hedge funds, Novo Nordisk ha podido invertir cifras enormes en investigación durante décadas sin recortar nunca ese presupuesto por motivos cortoplacistas. La fundación, hoy con más de 100.000 millones de euros en activos, es también la mayor entidad filantrópica del mundo en investigación biomédica. Cuando en Copenhague se habla de la “fábrica de insulina”, en realidad se está hablando de la máquina que financia buena parte de la ciencia danesa.
2. Del GLP-1 a la casualidad más rentable del siglo
Durante casi 90 años, Novo Nordisk fue una empresa monotemática. Fabricaba insulina, mejor que nadie, y punto. En los años 90 y 2000 aparecieron pequeños competidores como la francesa Sanofi o la estadounidense Eli Lilly, pero Novo mantenía cómodamente su liderazgo mundial.
Todo cambió en 2005, con el descubrimiento de un pequeño gran hallazgo científico. Los investigadores de la compañía habían estado trabajando durante años en una hormona intestinal llamada GLP-1 (glucagon-like peptide-1), producida de forma natural por el cuerpo humano después de comer. El GLP-1 tiene tres efectos muy útiles para un diabético: estimula la producción de insulina, reduce el azúcar en sangre y, casi de propina, envía señales al cerebro para producir sensación de saciedad. El problema es que la molécula natural se degrada en cuestión de minutos.
Novo Nordisk desarrolló primero una versión sintética llamada liraglutida, comercializada en 2010 como Victoza para diabéticos y en 2014 como Saxenda para obesidad. Funcionaba, pero exigía una inyección diaria. Un incordio. Los investigadores daneses siguieron perfeccionando la molécula hasta que dieron con una versión mucho más estable que solo requería un pinchazo semanal. La bautizaron semaglutida.
Los ensayos clínicos revelaron algo que ni los propios investigadores esperaban. Los pacientes diabéticos que tomaban semaglutida no solo controlaban mejor su glucosa: perdían una cantidad enorme de peso. Entre un 15% y un 20% de su masa corporal en menos de 18 meses. Cifras que, hasta ese momento, solo eran posibles con cirugía bariátrica.
Novo lo convirtió en dos productos comerciales distintos, con la misma molécula:
- Ozempic, aprobado por la FDA en 2017, para diabetes tipo 2.
- Wegovy, aprobado en 2021, para obesidad.
Y luego llegó TikTok. Y Elon Musk tuiteando que había perdido peso con Wegovy. Y las Kardashian. Y el “efecto Hollywood” convirtió una medicina para diabéticos en el fenómeno cultural más comentado de los últimos años.
3. La curva de crecimiento que multiplicó por seis a la empresa
Los números explican mejor que cualquier titular lo que pasó entre 2020 y 2024. La facturación de Novo Nordisk se disparó a un ritmo brutal:
- 2020: 126.950 millones de coronas danesas (unos 17.000 M€)
- 2022: 176.950 millones (+25%)
- 2023: 232.260 millones (+31%)
- 2024: 290.400 millones (+25%)
- 2025: 309.060 millones (+6%)

Solo Ozempic y Wegovy generaron en 2024 alrededor de 26.000 millones de dólares en ventas conjuntas. Para poner esa cifra en contexto: es más que la facturación total de Adidas, más que la de Netflix en su mejor año, y equivale prácticamente al PIB anual de Islandia.
En bolsa, la reacción fue todavía más impresionante. La cotización de Novo Nordisk subió más de un 400% entre 2019 y septiembre de 2024, cuando marcó máximos históricos por encima de las 1.000 coronas danesas por acción. En ese momento, la capitalización de la compañía superó los 570.000 millones de dólares, convirtiéndola en:
- La empresa más valiosa de Europa, por delante de LVMH.
- Una compañía que valía más que el PIB anual de Dinamarca (unos 407.000 millones de dólares en 2024).

El país entero se benefició. Las exportaciones farmacéuticas se dispararon hasta representar cerca del 15% del PIB danés. El impuesto de sociedades pagado por Novo Nordisk permitió al Estado bajar tipos generales sin recortar servicios. Los medios internacionales bautizaron el fenómeno como “la economía Ozempic”: un único fármaco tirando de la economía de un país entero.
4. El derrumbe que empezó en el verano de 2024
Entonces, casi sin previo aviso, empezó a torcerse todo. La caída de Novo Nordisk desde septiembre de 2024 es uno de los desplomes bursátiles más rápidos y comentados de la última década en cualquier sector, no solo en el farmacéutico. Las acciones han pasado de aquellos 1.000 coronas por acción a rondar los 250 en febrero de 2026. Un desplome del 75% en menos de 18 meses. Alrededor de 400.000 millones de dólares de valor de mercado esfumados.
¿Qué ha pasado? No es una sola cosa, son cuatro golpes seguidos.
Primer golpe: Eli Lilly gana la guerra de la eficacia. El rival estadounidense lanzó su propio GLP-1, la tirzepatida (Mounjaro para diabetes, Zepbound para obesidad). Los ensayos clínicos empezaron a mostrar que la molécula de Lilly hacía perder incluso más peso que la de Novo. En febrero de 2026, Novo intentó defenderse con un nuevo producto llamado CagriSema, pero el ensayo comparativo fracasó: los pacientes perdieron un 23% de peso frente al 25,5% con tirzepatida. La acción se desplomó un 16% en un solo día. Hoy Eli Lilly tiene aproximadamente el 60% del mercado de GLP-1 para obesidad; Novo, apenas el 40%.
Segundo golpe: la presión política sobre los precios en Estados Unidos. Wegovy llegó a costar unos 1.349 dólares al mes en Estados Unidos. La administración Trump, entre otros, forzó negociaciones a la baja. En 2026, Novo cerró un acuerdo con la Casa Blanca y con el programa TrumpRx para vender la nueva versión oral de Wegovy a 149 dólares como dosis inicial. Un desplome de precio brutal en un mercado donde Estados Unidos suponía más del 60% de sus ingresos.
Tercer golpe: los competidores más baratos. En Estados Unidos, cuando escaseaba Wegovy, decenas de farmacias magistrales (compounding pharmacies) fabricaron versiones caseras de semaglutida a precios mucho más bajos. Estas versiones han comido cuota real a la marca original.
Cuarto golpe: la falta de diversificación. Novo tiene apenas seis medicamentos con ventas superiores a 1.000 millones al año. Ozempic y Wegovy juntos representan cerca del 67% de la facturación. Cualquier tropiezo en esos dos productos golpea el balance entero. Eli Lilly, en comparación, tiene ocho fármacos blockbuster repartidos entre oncología, diabetes y terapia génica.
La reacción interna ha sido dramática. En noviembre de 2025 Novo convocó una junta extraordinaria y sustituyó al consejero delegado, poniendo por primera vez en su historia a un CEO no danés al frente: Mike Doustdar. En febrero de 2026, la compañía adelantó una guidance anual demoledora: caída de ventas y beneficio operativo de entre el 5% y el 13% para 2026. Ese anuncio provocó un nuevo desplome del 17% en un solo día y borró 50.000 millones más de valor.
5. El reloj de arena de las patentes
Y aquí llega la bomba de relojería que Novo tendrá que gestionar en los próximos ejercicios: la caducidad de las patentes de la semaglutida.
Las patentes farmacéuticas son un juego complejo. No hay una única fecha de caducidad, sino un conjunto de protecciones que caen escalonadamente:
- Fuera de Estados Unidos y Europa (India, China, Brasil, Canadá): la patente del compuesto principal cae en 2026. Empresas indias y chinas como Cipla, Sun Pharma o Dr. Reddy’s llevan años preparadas para inundar esos mercados con genéricos hasta un 80% más baratos.
- En Estados Unidos: la patente del compuesto expira en diciembre de 2031. Novo Nordisk tiene además una segunda patente que cubre el método de uso para tratar diabetes tipo 2, que dura hasta junio de 2033.
- Wegovy: al ser una formulación más reciente y con dispositivos de inyección propios, la protección efectiva se extiende hasta aproximadamente 2034.
La compañía ha reconocido en su última conferencia de resultados que los genéricos autorizados podrían llegar a Estados Unidos ya en 2028 o 2029 a través de acuerdos negociados con fabricantes. Esos genéricos autorizados no bajarían el precio tanto como un verdadero genérico competitivo (entre un 15% y un 30% de descuento frente al 80-90% habitual), pero sí supondrían el principio del fin del margen actual.
Traducido a lenguaje financiero: entre 2026 y 2034, Novo Nordisk va a ver desaparecer de forma progresiva el foso competitivo que le hizo valer 570.000 millones de dólares. Es exactamente el mismo drama que vivió Pfizer con Lipitor en 2011 o AbbVie con Humira en 2023. La diferencia es que aquí el paciente al que le retiran la exclusividad no tiene todavía un producto de reemplazo tan potente.
6. Qué queda por delante y por qué el juego no está terminado
Aun con todo el desplome bursátil, sería un error dar a Novo Nordisk por muerta. La compañía sigue facturando más de 45.000 millones de euros al año, mantiene un beneficio operativo que muchas cotizadas envidiarían y tiene una tesorería más que saneada. Además, hay tres cartas por jugar todavía:
La versión oral de Wegovy. En enero de 2026, Novo lanzó en Estados Unidos la versión en pastilla de la semaglutida. Los resultados iniciales han sido excepcionales: en el primer trimestre, más de 1,3 millones de recetas, el lanzamiento de un GLP-1 más rápido en la historia. La ventaja competitiva es clara. Mucha gente que rechazaba pincharse una inyección semanal está dispuesta a tomar una pastilla diaria. La compañía prevé lanzarla en Europa y resto del mundo durante el segundo semestre de 2026.
El mercado global sigue explotando. Todos los informes coinciden en que la demanda va a seguir subiendo. Según Grand View Research, el mercado global de GLP-1 para obesidad pasará de 13.800 millones de dólares en 2024 a casi 49.000 millones en 2030, con un crecimiento anual del 18,5%. MarketsandMarkets es aún más optimista y proyecta que el mercado total de agonistas GLP-1 (incluyendo diabetes) alcanzará los 170.000 millones de dólares en 2033. Aunque Novo pierda cuota, seguir siendo el segundo actor del mundo en un mercado de esas dimensiones es un negocio brutal.
La estructura de fundación. Aquí es donde la peculiaridad del modelo danés puede jugar a favor de la compañía. Sin la presión de fondos activistas exigiendo despidos masivos o dividendos extraordinarios, Novo puede aguantar años difíciles sin desmantelar su departamento de I+D. Esa paciencia estructural es la que le permitió, en su día, invertir 15 años en desarrollar la semaglutida. La próxima molécula ganadora podría estar cocinándose ahora mismo en los laboratorios de Bagsværd.
La historia de Novo Nordisk es un manual sobre los peligros de la concentración de ingresos, incluso en empresas aparentemente invencibles. Cuando dos productos representan dos tercios de tu facturación y encima comparten la misma molécula, cualquier tropiezo (patente, competencia, precio) se convierte en un problema sistémico.
Pero también es una lección sobre los ciclos naturales del sector farmacéutico. Ninguna patente dura para siempre. Cada blockbuster tiene un final anunciado en el momento mismo en que se aprueba. Lo que separa a las buenas farmacéuticas de las mediocres no es tener un fármaco estrella, sino tener el siguiente ya en marcha cuando el anterior empieza a caducar. Novo lleva un siglo demostrando que sabe hacer ese relevo (pasó del insulina animal al insulina humano recombinante, y de ahí al GLP-1). La duda es si esta vez llegará a tiempo antes de que Eli Lilly consolide su liderazgo.
Para el inversor de largo plazo, hay una moraleja adicional. La empresa más valiosa de Europa perdió tres cuartas partes de su valor en 18 meses no porque el negocio subyacente se desmoronara, sino porque el precio anterior descontaba una perfección que ninguna compañía puede sostener eternamente. Es exactamente la lección que ya se ha explicado en esta misma newsletter con el caso AMD frente a Nvidia: el precio que pagas por una acción es al menos tan importante como la calidad del negocio que compras.
