Hablo de esos profesionales, magníficos, que le dan solidez a la empresa, capaces de minimizar y hasta de volver positivos los errores de su Dirección y de llevar las buenas decisiones desde papel a la realidad. Esos profesionales cuyo valor no se justiprecia hasta que un día abandonan la empresa y el hueco resultante muestra todo lo que hacían. Personas a las que, cuando les preguntas por qué no ocupan mejores puestos o disponen de más autoridad o atribuciones demasiadas veces te contestan “sí, es cierto, yo sé trabajar, pero no sé venderme”.

¿Por qué me acuerdo de ellos? Hace unos días estaba en Nagasaki, con la opción de un largo fin de semana desocupado por delante. Un buen amigo de la tierra me comentó: “¿quieres que te haga una reserva en un pequeño hotel rural, que es el sitio donde mejor se come del mundo?” Naturalmente, para él, “mundo” significaba Japón. No siendo gallego ni asturiano, no pude rebatir su afirmación, aunque mi escepticismo se incrementó cuando me indicó el precio: habitación desayuno y cena por pareja, 175 euros día.

El pueblo, a una hora y media de la capital, tiene un nombre fácil de recordar: Sakito. Mi mujer y yo nos miramos asustados, pero ya no había vuelta atrás. Dentro, primera sorpresa, las habitaciones, pocas, sin lujos, pero magníficamente montadas al estilo clásico japonés. Y la comida, ¡la comida! En calidad, elaboración, sabor, presentación, podía competir sin problemas con cualquiera de los primeros espadas de cualquier gran capital, Tokio incluida.

¿Por qué no es un sitio famoso? ¿Por qué los dos profesionales que lo llevan no tienen el renombre que merecen? ¿Es que no saben venderse? Me temo que la explicación es más complicada.

Para triunfar, hay que apostar por triunfar. No es una apuesta fácil, hay que jugársela, con el riesgo de perder. En el lenguaje de calle a eso le llamamos “ambición”. Todos sabemos que la recompensa de la ambición es el triunfo, pero su castigo es el fracaso. Y muchos grandes profesionales no quieren entrar en esa apuesta.

Luego hay que estar dispuesto a pagar la factura que el triunfo conlleva, mientras subes y luego, cuando llegas, la pelea por mantener la posición y acarrear sobre los hombros la responsabilidad de la gente sobre la que te soportas. A cambio, un poder que para algunos compensa, pero que para otros solo significan tensión y agobios.

Para triunfar, hay que apostar y hay que pagar. Y muchos profesionales no se sienten capacitados o interesados en ese juego. Y su postura es totalmente respetable, porque gracias a eso las empresas marchan. Si no juegas, no esperes que los demás te empujen a donde mereces, porque no son esas las reglas de esta partida.

No, mis anfitriones en Sakito, lo mismo que tantos otros profesionales que no están donde sus méritos justificarían, no fallan porque no saben venderse. Fallan porque no justiprecian aquello que venden. Y ese si es un error profesional difícil de evitar en el que tantos buenos profesionales han caído: poner un valor demasiado bajo a aquello que ofrecen.

Porque demasiadas veces los demás no nos valoran por lo que valemos. Nos valoran por lo que cobramos por lo que les ofrecemos.