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Errores que pueden convertir a un jefe en un mal líder

Errores que pueden convertir a un jefe en un mal líder Mucho de lo que se escribe sobre los líderes y el liderazgo se desliza en el terreno de la mitología. Es habitual que encontremos listas sobre las cualidades que deberían adornar a esos líderes pero que, en la mayoría de ocasiones, responden a una idealización de quien las escribe. Para alejarnos del terreno de la mitología y mantener los pies en el suelo, nada mejor que ceñirnos a los hechos. Esto es, lo que observamos es lo que valoramos. A fin de cuentas, los resultados son la mejor medida que pueden utilizar los empleados para descubrir si su jefe se ha convertido en un mal líder. Pero ¿qué errores nos permiten identificarlo?

Aunque a priori pueda parecer muy complicado, la realidad es que nos basta con examinar los efectos que el trabajo de un supuesto líder tiene dentro de tres ámbitos: primero, el de la manera en la que organiza el trabajo, los objetivos y metas asignadas y los resultados que se alcanzan; segundo, el de la disposición al trabajo y la motivación de su equipo y, tercero, el de su capacidad de influir en otros (jefes, compañeros de mismo rango o colaboradores).

En el primer ámbito podemos detectar que estamos ante un mal líder si las tareas y las responsabilidades del equipo están mal diferenciadas o poco definidas. Es decir, los trabajadores no saben qué tienen que hacer ni cuáles son sus funciones. El riesgo de la desorganización es que los empleados trabajen de manera rutinaria, sin un horizonte a la vista. Una situación que genera apatía en el entorno laboral pues no suele existir una sensación de logro entre los subordinados. Esta sensación también se da cuando, aun cumpliéndose las formalidades y asignando objetivos, el jefe no realiza un seguimiento con lo que se obtienen resultados pobres y se priva al equipo de la satisfacción del logro.

Dentro del ámbito de la motivación y disposición al trabajo, podremos detectar que estamos ante un mal líder cuando veamos que nuestro jefe no siente entusiasmo por lo que hace. Este sentimiento puede trasladarse al resto de la plantilla al desconocer el papel que su trabajo juega en el conjunto de la empresa. La desmotivación lleva a una menor perseverancia del equipo y a que se vean a sí mismos como incapaces de alcanzar las metas. Además, es muy probable que no hablen bien de su empresa de manera espontánea, que no la recomienden y que no vean a su jefe como un modelo a imitar.

Por último, la capacidad de nuestro jefe de conseguir ‘cosas’ de sus propios jefes determinará si estamos ante un mal líder. La operatividad del equipo y la vida profesional de quienes trabajan con él dependen de su influencia en el resto de la empresa y, normalmente, esta influencia depende a su vez de los logros obtenidos, por lo que en muchas ocasiones entramos en un círculo vicioso: menos logros significa menos influencia y, menos influencia significa menos aprecio de sus colaboradores lo que conduce, a su vez, a menos logros.

Los jefes deben ser buenos líderes si quieren que quienes trabajen con ellos no vuelquen en su trabajo sólo una fracción del valor y del compromiso que podrían llegar a aportar. Es más, la capacidad que tiene el equipo de superarse en cada ocasión quedará desperdiciada por lo que el coste de oportunidad de los malos líderes es incalculable.

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Juan San Andrés

Experto en productividad y factor humano