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La maldición del directivo: cuando él mismo impide lo que pide

carrera

Tengo una amiga que compagina una brillante carrera profesional con la gestión de su casa, marido y dos hijos, una sacrificada mezcla de la “vieja” y la “nueva” escuela. Su vida es un sin parar y su queja “que los demás no me ayudan, si no me ocupo yo, no se ocupa nadie”. Pero cuando los otros intentan ordenar un armario, limpiar la cocina o preparar un plato, todo debe estar como ella piensa y le cuesta entender otras propuestas. Consecuencia, cuanta más colaboración pide menos consigue, ella misma mata lo que solicita. Lo sufre y no se da cuenta de en qué grado es ella misma culpable de su sufrimiento.

¿Lo llevamos al campo empresarial? Tuve un jefe que me enseñó todo lo que un jefe no debe ser. Era un hombre capacitado, los malos jefes no son necesariamente torpes, también se puede fallar por ser demasiado capaces. Él pedía a su plantilla iniciativa, creatividad e implicación en los problemas. Y lo hacía honradamente, eso quería. Luego te encargaba un trabajo. Un par de días más tarde le llevabas los resultados, y como era listo siempre encontraba ese punto en el que la solución fallaba o estaba corta. Volvías a tus cuarteles mascando la derrota y trabajabas en un nuevo enfoque que corrigiera los problemas detectados. Cuando regresabas te felicitaba por la mejora, pero encontraba –inevitablemente– nuevos puntos débiles que devolvían el toro al corral. Si Steve Jobs, por poner un claro ejemplo, le hubiera dicho que quería montar una empresa llamada “manzana”, a estas alturas todavía le tendría buscando nombres alternativos. ¿Resultado? Terminabas no haciendo, o haciendo estrictamente lo encomendado según lo había dictado, mientras que él podía retornar a su queja de “falta de iniciativa en la plantilla”.

No sé cuál es el misterioso mecanismo por el cual los demás –y más cuando hay una relación jerárquica– terminan proporcionándonos lo que de verdad queremos, no lo que creemos o decimos querer. No sé cuántas veces me he tropezado con directivos que se quejan con dolor de no conseguir de su equipo lo que necesitan, siendo ellos los que hacen imposible por detrás lo que por delante están pidiendo.

¿Hay solución? Sin duda la hay. Y generalmente se ajusta a esta regla: si los demás no te dan lo que esperas, es mejor dar un paso atrás que un paso adelante. Cuanto más te retiras tú, más andan los otros. El joven que nada hace en casa despierta cuando debe ocuparse de la propia. Ya sé, no es fácil, me dirás que si tú te despreocupas nadie se ocupa. Pon la necesidad en la puerta de los demás, y guarda el poder de exigir para la tuya.

Y no es malo recordar que gran parte del arte de mandar no reside en las cosas que haces, sino, curiosamente, en las que dejas de hacer. Te han enseñado a mandar haciendo, cuando debes de preocuparte, muy mucho, en definir lo que nunca, bajo ningún concepto y bajo ninguna provocación, debes de hacer.

Porque el oficio de mandar (¡que viejo tópico!) no es el de hacer, ni el de hacer hacer. Señalar hacia dónde vamos, ayudar a hacer y responsabilizarse de lo hecho… ese es el trabajo del mando.

Luis Valdivieso

Luis Valdivieso Llosa

Autor del libro La venta triangular, Urano 2014