Imaginemos una empresa en la que, en un departamento concreto, desembarca un nuevo colaborador mucho más energético que el resto. Los motivos de esta energía no son relevantes (quizá está acostumbrado a trabajar muchas horas, o proviene de otro país donde dejó a la familia, a los amigos y al perro, y no tiene más ocupación en su nuevo destino que dedicarse al trabajo). Esto generará unas dinámicas nuevas en el resto de colaboradores. Todo lo que cambia en un equipo afecta al comportamiento del mismo. Aquellos que sean muy competitivos van a ponerse a la defensiva. Aquellos que valoren cumplir con su horario para poder dedicar un sano tiempo a su vida privada van a ver peligrar su situación.

Insisto en que todo lo que cambia en un equipo afecta a su comportamiento. Se produce por tanto una mini-crisis que el jefe tiene que gestionar antes de que se convierta en mega-crisis. De él o de ella depende que el equipo salga reforzado o quede tocado y hundido.

Es legítimo que el jefe quiera sacar el máximo provecho del nuevo empleado “energizado”. No solo es legítimo, sino natural, y probablemente todos tenderíamos a hacer lo mismo. Ahora bien, el jefe tiene que hacer una apuesta. Liderar es apostar. El liderazgo te da la legitimidad de llevar adelante las propuestas que consideres más acertadas, y nunca hay plena garantía de éxito.

Analicemos las dos situaciones molestas para el resto del equipo que se pueden producir: acaparamiento del trabajo más interesante por el nuevo, y/o extensión del horario de trabajo por este.

– Existe un principio inviolable de la condición humana: todos observamos los movimientos del líder en su calidad de referente moral. Los jefes se olvidan muy a menudo de que todo su equipo les observa. Imaginemos que la nueva persona acapara los proyectos más interesantes y por tanto la mayor atención por parte del jefe. Los humanos nos regimos por 3 grandes motivaciones: por logro, por estatus y por afiliación. A los afiliativos (que son los que les mueve llevarse bien con los compañeros y ser queridos por el grupo) no les afectará demasiado, pero sí a los del logro y a los del estatus. Si existen motivos que avalen ese reparto desigual de los proyectos interesantes, el jefe debe explicarlo abiertamente a todo su equipo para evitar malos entendidos. A algunos no les gustará lo que van a oír, pero el jefe habrá cumplido con una de sus obligaciones: ser un referente de honestidad y por tanto de moralidad para su equipo. Y si no existen motivos, debe velar por la equidad en el reparto de los proyectos interesantes. Y que explore otras maneras de aprovechar el potencial excedente de la persona energética, que seguro que las hay. Abro paréntesis: he dicho equidad, no igualdad; es decir, reparto en función de la capacidad y la voluntad de los miembros del equipo. Cierro paréntesis. Ahora bien, si el jefe insiste en ese reparto desigual, los del logro y el estatus se van a desmotivar y, si son buenos profesionales, van a buscar otras salidas dentro de la empresa o fuera. En definitiva, en su apuesta el jefe debe valorar si le compensa contentar a 1 para estropear a 5.

– Pasemos a la cuestión de los horarios: si el jefe decide exigir también al resto del equipo los largos horarios y la extrema involucración del nuevo, ahí se equivoca de pies a cabeza. ¿Por qué no lo había exigido antes si era tan necesario? Los buenos profesionales valoran la asertividad en un jefe, que les digan las cosas claras, con respeto, aunque fastidien. El jefe perderá toneladas de autoridad en el caso de que, sin haber cambiado las necesidades, fuerce explícita o tácitamente al resto a adaptarse a los horarios del nuevo. Entramos de lleno en una de las causas de nuestra baja productividad: el presentismo. Valoramos más que la persona esté presente a que cumpla sus objetivos. ¿Cuándo entenderemos que los profesionales quieren y deben estar pagados por lograr y no por estar? Que el jefe deje en paz al resto de colaboradores si hacen bien su trabajo. Es más, le invito a que les envíe a sus casas a trabajar desde allí a todos los que puedan y lo deseen. Debería dirigir su mirada hacia el nuevo y exigirle (sí, exigirle) que cuide su faceta personal para ser un ser humano equilibrado. Solo un ser humano equilibrado puede ser un profesional equilibrado.

Ay, qué fácil es estar de acuerdo con lo evidente y qué difícil es practicarlo.

Te deseo lo mejor.