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Por qué la libertad lleva a la innovación

Por qué la libertad lleva a la innovación

Supongamos que vamos a un restaurante y tenemos que escoger entre 2 primeros (ensalada o lentejas) y 2 segundos (carne o pescado). ¿Cuántas combinaciones posibles existen? 4: ensalada-carne, ensalada-pescado, lentejas-carne, lentejas-pescado. Todas ellas igualmente válidas.

Trasladémoslo a un contexto social: imaginemos que por un lado tenemos que escoger entre un primer plato formado por una sociedad que innova o por una sociedad estancada, y por un segundo plato formado por una sociedad con miedo o por una sociedad sin miedo. ¿Cuántas combinaciones posibles existen? Tenderíamos a responder que 4 también. Sin embargo, tan solo hay 3 porque, cuando contextualizamos las matemáticas al entorno social, existen combinaciones que no tienen sentido. En concreto, en nuestro caso hay una combinación que no tiene sentido social, es decir, que no existe, que no se puede dar: Innovación + Miedo.

El miedo es un elemento inhibidor del libre pensamiento. No estamos programados genética y evolutivamente para disfrutar de la vida, sino para sobrevivir. El disfrute es un lujo que nos podemos permitir cuando tenemos las necesidades básicas cubiertas. Y éstas no son tan solo las alimenticias, sino también las de seguridad y las afectivas. Cuando sentimos miedo nuestras necesidades de seguridad no están cubiertas y por tanto nuestro cerebro invierte su energía en ponerse a salvo, no en innovar. No existe innovación en un entorno de miedo, tan solo estancamiento.

Las 3 opciones con sentido social en nuestro caso son:

– Innovación + NoMiedo.
– Estancamiento + Miedo (ya explicada anteriormente).
– Estancamiento + NoMiedo

Esta última (Estancamiento + NoMiedo) es la propia de sociedades y colectivos no meritocráticos, donde no existe relación directa entre el logro y la recompensa. Se da cuando, hagas o no hagas, logres o no logres, te esfuerces o no te esfuerces, obtendrás lo mismo. Es la negación de la cultura del esfuerzo. Cuando no hay recompensa, los cuerpos tienden a su mínimo estado de energía en la Naturaleza, y a su mínimo estado de esfuerzo en la Sociedad. Este es el estado natural de muchas Administraciones Públicas en España, donde cada cual puede escoger trabajar bien o trabajar mal, sin consecuencias ni en un caso ni en el otro. Siento decirlo así y, sobre todo, siento que sea así. Espero que la crudeza de mis palabras, además de molestar a 3 millones de ciudadanos, sirva también para despertar la conciencia aletargada de los que tienen en su mano ponerle remedio.

Por tanto, de las 3 opciones con sentido social posible, tan solo hay una deseable: la Innovación en un entorno de ausencia de Miedo. De hecho, estamos ante una tautología, es decir, es la misma cosa: allí donde no haya miedo, surgirá la innovación porque el cerebro no tendrá que preocuparse por sobrevivir sino por evolucionar, por mejorar, por disfrutar.

Afortunadamente, en las empresas va calando esta idea. Cada vez más, las direcciones fomentan foros de debate en los cuales los colaboradores puedan decir todo lo que piensan libremente, desde la tontería aparentemente más absurda hasta la mayor genialidad. Y ambas se retroalimentan. Una idea loca es recogida por otra persona que la pule y la convierte en algo práctico y viable. Y así surgen nuevos y mejores productos y modelos de negocio.

Todos los colectivos funcionan bajo los mismos mecanismos mentales, ya se trate de la empresa o de la vida social y política. En esta última estoy detectando últimamente un preocupante retroceso en materia de libertades, desde la llamada Ley Mordaza hasta uno de sus subproductos: la judicialización de los mensajes en las redes sociales. O se nos está poniendo la piel muy fina, o existen intereses ocultos y obscenos para mantener a los ciudadanos callados ante la amenaza de ser encausados. Me repugnan, como a la mayoría, algunos tuits que circulan por ahí. Pero una cosa es escribir un tuit llamando a matar a alguien (que es una explícita incitación a la violencia) y otra alegrarse por la muerte de alguien (que a mi parecer es simplemente de mal gusto y moralmente indecente). En este último caso, prefiero que el sujeto lo pueda decir libremente, aunque me repugne, para evitar que acabemos autocensurándonos todos. Si vamos por la vida con la duda de si alguien se sentirá ofendido o alguien actuará de oficio y nos llevará ante los tribunales, vamos por muy mal camino. Cuidado con poner según qué límites a la libertad de expresión porque los límites tienden a ser más constreñidores cada vez: siempre habrá alguien que se sienta un poco más ofendido y querrá limitar un poco más.

Es fácil comprender que la ausencia de miedo en la empresa genera mayores cotas de innovación. ¿Por qué entonces cuesta tanto comprender que lo mismo aplica a escala social?

La autocensura es miedo preventivo. Es la muerte de la innovación a todos los niveles.

Te deseo lo mejor.

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Daniel Sánchez Reina
Socio-Director en E2 Eficiencia Empresarial