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A dónde irán las ideas que generamos, que no implementamos…

ideas

Como dice la canción de unos de mis cantantes favoritos, Víctor Manuel: “A dónde irán los besos que guardamos, que no damos…”

A menudo me pregunto lo mismo sobre las ideas: a dónde irán aquéllas que diseñamos.

Este post, más allá de un canto, quiere ser una crítica a la innovación por la innovación, para prevenir que se convierta en otra de esas burbujas a las que tan propensos somos, caracterizada por un sobredimensionamiento muy por encima del resto de aspectos de la organización, con la consiguiente fractura que ello pueda ocasionar al involucrar algo tan imprescindible como es la misma innovación.

Para evitar que las ideas se conviertan en proyectos zombis que no pasan del prototipo porque en realidad no son una prioridad real para la organización, lo primero que cabe es identificar las razones y resolverlas o parar el equipo si ello fuera necesario, para evitar su desánimo. Al igual que los enamorados de Víctor Manuel, cuántos equipos enamorados de sus ideas hemos desmotivado por no verlas hechas realidad…

Sí, no me escondo, en este post pretendo mostrar disidencia por este culto a lo nuevo, porque que algo sea novedoso no quiere decir que sea bueno ni útil.

Sin embargo, es necesario hacer una mirada retrospectiva para entender cómo hemos llegado hasta aquí. En el siglo XX, la innovación se convirtió en un concepto casi sagrado. Su popularización permitió el auge de una época dorada que empezó en los años sesenta.

“Con la guerra de Vietnam, la degradación del medio ambiente y otras decepciones sociales y tecnológicas, se hizo más difícil tener fe en el progreso”, explican Vinsel y Russell, profesores del Instituto Tecnológico Stevens de Nueva Jersey. A ello le sustituyó la idea de ‘innovación’, un concepto más pequeño y moralmente neutral. (La innovación) Proporciona una manera de celebrar los logros de una era de alta tecnología sin esperar demasiado de ellos socialmente.

La mencionada época de oro terminó en los noventa, pero fue en esta época cuando la mayoría de los conceptos y procesos claves de la innovación fueron desarrollados. Así, Rolf Estate desarrolló en los años ochenta el proceso de Design Thinking, un concepto que está siendo muy utilizado por numerosas empresas en el mundo.

Con el desarrollo económico, la palabra ‘innovación’ se ha ido convirtiendo en una de las más comunes y difundidas del mundo. Todas las organizaciones ponen por bandera su vertiente innovadora, porque la innovación está de moda.

Antonio Rodríguez de las Heras, catedrático de Historia Contemporánea y director del Instituto de Cultura y Tecnología de la Universidad Carlos III dice: “La palabra innovación se ha convertido en un comodín que se sobreutiliza en discursos de todo tipo porque suena a positivo, pero se ha vaciado de significado.”

Y por si fuera poco, no nos conformamos con la innovación incremental. Todos perseguimos la innovación disruptiva, aquella que nos deje con la boca abierta.

Sin embargo, Vinsel y Russell defienden que lo que sucede después de la innovación podría ser más importante que ésta.

Por todo ello, quiero reinvindicar hoy aquí, en este post, un mayor reconocimiento por aquélla tan olvidada: la implantación. Parafraseando a @Sofía Benjumea, Directora del Google Campus de Madrid: “Una idea es sólo un ingrediente más.”

Para conseguir implantar una idea es necesario que haya un equipo y una Dirección con la pasión, perseverancia y disposición a dedicarle el apoyo, trabajo y sacrificio que supone sacar un proyecto adelante.

No es ninguna novedad: una idea no vale nada hasta que no se pone en marcha.

Maite Moreno

Fundadora de Monday Happy Monday


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