Desesperación, histeria, ansiedad, enojo, exasperación, angustia, horror. Rayos y tormentas en el horizonte… ¿Qué hacemos sin el móvil?

Hemos olvidado el cargador en casa, se ha agotado la batería –del terminal y del portátil–, no hay un sitio donde cargarlo, se ha apagado sin razón ni causa, ha caído al suelo y no ha resistido el golpe, nos lo han robado, y un largo etcétera de situaciones pueden provocar que en un momento concreto nos quedemos sin nuestro tesoro más preciado: el smartphone.

En la casa, en el trabajo, en la calle; con los amigos, con la familia, con compañeros, con conocidos y desconocidos; paseando, charlando, comiendo, conversando… Cualquier momento y situación son buenos para echar mano de nuestro dispositivo telefónico y mirar, sin pudor ni recato, a la pantalla.

No importa si estamos acompañados, ni cuántos conformamos el grupo.

Da lo mismo si la otra persona –a la que ignoramos– se queda mirando al aire, o lo que sucede alrededor, a sus manos o no sabe cómo reaccionar.

Ignoramos el ambiente en el que nos encontramos, la formalidad e informalidad del mismo, la confianza o desconocimiento entre los participantes de la escena, y el comportamiento que se espera de nosotros o debemos mostrar.

Estar al día de la actualidad: social, cultural, económica, política… Compartir momentos especiales o importantes, con nuestros contactos: el último viaje, relación, enfado, comida, compra, amistad, contacto… con independencia de su tipo y consistencia. Presumir de logros, reales o aparentes. Defender ideas o posiciones con argumentos que los sustenten o sin ellos. Presumir de logros y éxitos. Dar a conocer deseos satisfechos. Proclamar a los cuatro vientos los sueños que aspiramos alcanzar y un largo etcétera. Son los argumentos que esgrimimos para disculpar nuestro mal hacer.

El móvil ha logrado sacar nuestro instinto más primario: satisfacer nuestras necesidades, las básicas y las no tan básicas, con independencia de las causas que lo justifiquen y los efectos que provocan en las personas de nuestro entorno.

Egolatría pura y dura. Yo, yo y yo. Suma y sigue.

Se me ocurren varias ideas para ocupar el larguísimo tiempo que dedicamos a WhatsApp u otras aplicaciones de mensajería instantánea, correo electrónico y redes sociales, principalmente Facebook, Instagram, Twitter, LinkedIn y YouTube.

¿Qué ocurriría si nos quedáramos sin el móvil? Sólo puedo ofrecer una recomendación, la mejor sugerencia: establecer relaciones humanas en el medio físico, en el mundo 1.0.

Iniciarlas, favorecerlas, potenciarlas, estrecharlas, afianzarlas y, por encima de todo, ¡disfrutarlas!

Deliciosos momentos que perdurarán de forma imperecedera en nuestro corazón, experiencias que evocaremos esbozando una siempre amable sonrisa, espontánea y sincera.

La cortesía favorece la socialización de las personas.