La Real Academia Española define la palabra inteligencia como “capacidad de entender, comprender y resolver problemas, conocimiento, comprensión, habilidad, destreza y experiencia”.

La biología, por su parte, dice que la inteligencia es un conjunto de hormonas, neuronas y encimas, que permite que toda la información pase a través de las redes neuronales. Parece ser, además, que la concentración de testosterona modifica la orientación espacial y el razonamiento matemático mientras que la concentración de estrógeno mejora todo lo que tiene que ver con actuaciones verbales.

También se sabe que la inteligencia es la capacidad de rendimiento que se deriva de coordinar: conocimiento, asociación, imaginación, memoria, juicio y expresión. Al mismo tiempo, también es una mezcla de adquisiciones culturales y puesta en acción.

Con todo, parece que los especialistas en la materia no se ponen de acuerdo para encontrar una definición universalmente aceptada que la defina.

Para la grafóloga francesa M. Désurvire, la inteligencia impregna el comportamiento, o sea, que una persona inteligente tiene reacciones inteligentes. De ahí que se le conceda un valor social, puesto que el tenerla o no tenerla se traduce en actos con mayor o menor valor.

El pedagogo y grafólogo A. Binet, investigó la escritura de los niños con el propósito de convertirla en una herramienta que permitiera encontrar ese valor, pero al no lograrlo desarrolló su famoso test del Cociente Intelectual.

Después de varias investigaciones, se llegó a la conclusión de que la escritura no sirve para dar una medida de la inteligencia. Sin embargo, aunque no podemos ver la cantidad, sí podemos ver el estilo y la forma que adopta esa inteligencia, es decir, qué hace la persona con lo que tiene. Como la escritura es expresiva del carácter y, según J. Piaget, la inteligencia se desarrolla ligada a la vida afectiva desde el nacimiento, resultará que un mal desarrollo afectivo afectará negativamente a la inteligencia.

Se ha estudiado mucho sobre el Campo de Conciencia, observando cómo con un Campo de Conciencia Ancho la persona tiene más facilidad para estar en varias cosas a la vez, pasar de una idea a otra, registrar un gran número de datos y resolver un gran número de problemas variados enfocándolos desde distintos ángulos, mantener la atención a pesar de perturbaciones externas, sentido y gusto por los matices, visión global, imaginar, intuir, espíritu de síntesis, curiosidad intelectual, riqueza de ideas, tolerancia, etc. Y cómo con un Campo de Conciencia Estrecho la persona tiene una atención más focalizada, canalización de intereses, necesidad de eliminar lo que perturba la concentración, precisión y exactitud, atención al detalle, meticulosidad, aptitud para analizar un problema, pensamiento algo estereotipado…

Grafológicamente en las escrituras, aun cuando no es posible detectar el C.I, sí podemos ver claramente el tipo de inteligencia que utiliza la persona y cómo es su Campo de Conciencia.

Signos Gráficos del Campo de Conciencia Ancho:

– Buena organización del espacio. Equilibrio entre los blancos (la hoja) y los negros (lo inscrito), siendo factor de una mente e ideas claras.
– Escritura que se extiende en la palabra.
– Escritura en guirnalda (m y n en forma de u).
– Dominio del movimiento (el movimiento es interés).
– Formas simplificadas.
– Escritura rápida, rítmica.
– Líneas sinuosas.
– Inclinada o ligeramente desigual.
– Trazo pastoso, flexible.
– Puntuación alta y poco precisa.
– Firma sencilla.

Signos Gráficos del Campo de Conciencia Estrecho:

– El espacio está muy cuidado, convencional, márgenes grandes, espacio regular entre las palabras, compacta.
– Escritura en arcada (n y m en arco).
– Predominio de la forma, controlando el movimiento.
– Escritura tensa, rígida.
– Escritura lenta, monótona.
– Trazo tenso, neto, apoyado.
– Formas caligráficas, complicadas, demasiado legible, infantil.
– Puntuación baja y precisa.
– Firma con rúbrica grande.

Por su parte, la grafóloga francesa Susane Bresard, quien estudió a fondo el tema, distingue tres tipos de inteligencia: la Intuitiva, la Deductiva y Analítica y la Meditativa, reflejándose bien en las escrituras.

En Grafología tenemos además otros elementos para detectar cómo procesa la persona su inteligencia: de forma más o menos concreta, práctica, abstracta, lógica, imaginativa, sintetizando…, y para ello nos remitimos a las tipologías de Freud, Jung e Hipócrates, entre otros.

En definitiva, no importa tanto el grado de inteligencia que cada uno tenga como de qué forma la aprovechamos y hacia dónde la enfocamos para que tenga un buen rendimiento final. Y, por supuesto, no podemos separarla de nuestra aliada ‘la afectividad’, que al final será esa combinación la que nos acerque a una mayor o menor ‘inteligencia emocional’.