Los seres humanos pueden dividirse en dos categorías: los que ceden ante la recompensa inmediata y los que saben decir no a esta, para poder obtener otra mejor a más largo plazo.

 

Hace unos años se hizo una prueba con un grupo de niños a los que se dejaba solos de uno en uno en una habitación con un platito en el que había una nube de azúcar. A cada niño se le decía que si no se comía la chuchería mientras estaba solo, cuando volviera la investigadora le daría otra más, igual que la que había en el plato. Observando el comportamiento de estos niños se ve cómo todos luchan por resistir sin comerse la nube y cómo unos consiguen superar la prueba y otros no; unos esperan y obtienen una recompensa mayor más tarde y otros ceden a la tentación y se comen la chuche que tienen delante sin recibir nada más. Este experimento se conoce como “marshmallow test”, algo así como el “test de la chuche” y estudia una de las grandes cuestiones del comportamiento humano: la dificultad para evitar ceder al impulso inmediato y resistir para recibir algo mejor más adelante. En algunas ocasiones se ha hecho un seguimiento de la vida de los niños que son capaces de controlar sus impulsos y se ha observado que, en su vida adulta, estos tienen mejores trabajos, mejor manejo de sus emociones, están más satisfechos y tienen más éxito en la vida en general.

Los seres humanos estamos programados biológicamente para ceder a las tentaciones. Todo aquello que satisface las necesidades vitales básicas proporciona un placer breve, intenso e inmediato que nos lleva a querer repetirlo. Y la repetición de ese acto (comer algo dulce, beber un buen vaso de agua, realizar el acto sexual o evacuar vejiga e intestinos, por ejemplo) hará que nuestra supervivencia como especie quede garantizada. De modo que los seres humanos estamos programados para obedecer a ciertas presiones que vienen a cubrir nuestras necesidades más primarias. Compartimos esta programación con la mayoría de especies animales. No obstante, en los humanos, el desarrollo del sistema nervioso ha permitido una opción más: la de poder superar el impulso y esperar para conseguir cubrir una necesidad menos inmediata. Para optar a esta segunda opción se requiere una intención consciente de parar y no ceder a la recompensa cercana. Como los niños en el “marshmallow test”, dejar de comernos un dulce ahora para poder obtener un beneficio a más largo plazo y más interesante para nosotros, como poder ponernos un vaquero que tenemos guardado en el armario y que ahora mismo no nos entra.

Todos hemos vivido alguna experiencia de lo difícil que es resistir a un impulso, de la naturaleza que sea (hacer una llamada de teléfono, comprar un objeto, decir unas palabras, tomar una copa, etc.). Y también probablemente tenemos la experiencia de lo que supone ser capaz de no ceder a esas presiones inmediatas. Ceder a un impulso no es algo bueno ni malo, sobre todo si somos adultos dueños de nuestras vidas. El problema se presenta cuando no podemos decidir nosotros, sino que es la fuerza del instinto más primario la que nos arrastra llevándonos a hacer lo que no queremos y privándonos de lograr objetivos a más largo plazo. Aquí es donde, de nuevo, la atención plena (mindfulness en inglés) puede echarnos una mano. Existen numerosas investigaciones que muestran cómo la práctica de la atención plena refuerza las áreas de nuestro cerebro implicadas en la capacidad de parar ante los impulsos sin dejarse arrastrar por ellos, para poder decidir lo que queremos hacer. Te propongo una sencilla práctica de atención plena que puedes hacer si quieres comenzar ya a fortalecer tu mente para que, cuando lleguen las tempestades en forma de tentaciones y ganas de ceder, puedas defenderte y decidir tú qué camino quieres tomar. Se trata del ejercicio que se conoce como STOP.

S– Stop (para)
T– Take a breath (respira)
O– Observe (observa)
P– Proceed (continúa)

Consiste simplemente en hacer una pausa en cualquier momento del día. Cuando te levantes, cuando suene el teléfono, cuando te encuentres en un atasco, cuando te sientas agobiado, etc. Simplemente para un instante, respira y date cuenta de cómo te sientes, cómo está tu cuerpo (tenso, relajado, etc.), mira un poco a tu alrededor y sigue con lo que estés haciendo. No hace falta cambiar nada ni hacer nada más. El hecho de parar conscientemente en situaciones sencillas irá haciendo su trabajo y te preparará para poder detenerte y saber qué pasa y qué quieres hacer cuando la situación se complique.

Si quieres ver el experimento con los niños y las chuches, te lo dejo aquí.

https://www.youtube.com/watch?v=y83qQ3j