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Buena suerte con el boicot

¿Estamos seguros de que, a día de hoy, podemos decir que un producto o una empresa pertenece a un área geográfica concreta?

Buena suerte con el boicot

Es absolutamente legítimo que tomemos nuestras decisiones de consumo en función de nuestras preferencias económicas, personales, sociales, o incluso ideológicas, éticas, o de acuerdo con nuestros valores y visión del mundo. Quizá no queremos consumir cosméticos producidos por empresas que experimentan con animales; quizá no queremos comprar ropa de empresas que producen sus prendas utilizando trabajo infantil; quizá queremos consumir tan sólo alimentos producidos de manera que se respete el medio ambiente, o sin pesticidas; quizá queremos tener nuestro dinero solo en bancos que hagan inversiones éticas o socialmente responsables. Totalmente razonable; nuestros derechos y nuestro poder como consumidores están ahí para utilizarlos, por descontado. La cuestión es, no obstante, que al tomar este tipo de decisiones debemos tener en cuenta dos factores fundamentales.

En primer lugar, debemos recordar que nuestros hábitos de consumo han evolucionado extraordinariamente a lo largo de las últimas décadas. En este sentido, durante el último verano se hizo viral la campaña a favor de la diversidad que realizó la cadena de supermercados más importante de Alemania, Edeka, la cual quitó de sus estantes todos aquellos productos que provinieran de otros países. El resultado fueron unas imágenes bastante impactantes, que algunos consumidores compararon con la situación de escasez en Cuba o Venezuela. Secciones enteras quedaron vacías de productos, y la mayoría de compradores reclamaron que querían volver a tener todas las opciones entre las que pueden elegir habitualmente. El aceite de oliva español e italiano, los quesos franceses, etc. De igual manera, la mayoría de conversaciones que hemos mantenido a lo largo del último año con ciudadanos mexicanos nos indican que quizá están dispuestos a aumentar su consumo de productos locales, pero en ningún caso a sustituir completamente los productos que llegan de los Estados Unidos. Porque quieren tener opciones, porque saben que esto no va cambiar el crecimiento de la economía ni su relación con los Estados Unidos.

Y en segundo lugar, estamos asumiendo que conocemos con perfecto detalle la cadena de valor de todos los productos que consumimos. Estamos asumiendo que tenemos información completa sobre la estructura societaria y la propiedad de todas las marcas que compramos en el supermercado o cualquier comercio. ¿Estamos seguros de que, a día de hoy, podemos decir que un producto o una empresa pertenece a un área geográfica concreta? ¿Seat es una empresa catalana? Es fácil encontrar en internet infografías qué nos demuestran que el mercado de los alimentos está bajo el control de un número muy reducido de grupos empresariales globalizados de los que nos atreveríamos a decir que no tienen más nacionalidad que su cuenta de resultados. Lo mismo que sucede en los mercados de la automoción, los cosméticos o la moda. Por poner un ejemplo, ¿de verdad pensamos que no consumir productos de Zara perjudica a Galicia? ¿Y de verdad pensamos que el consumo de cava no tiene impacto sobre productores de botellas o tapones establecidos no-se-sabe-dónde? Por mucho que ex-ministros profunda y sorprendentemente desinformados busquen su minuto de gloria diciendo que no van a volver a un restaurante donde les han servido agua de la marca Fontvella, la mayoría de los consumidores saben que eso es tan estúpido como decir qué no van a comprar peluches de Mickey Mouse porque no les gusta Donald Trump.

El problema de un boicot bien hecho es que da mucho trabajo y es muy difícil de ejecutar. Hacerlo de cualquier manera es muy sencillo pero te puedes encontrar con algunos efectos inesperados: que te acabes gastando mucho más dinero (porque le comprabas al productor más eficiente), que te acabes disparando en el pie (porque no sabías que tu vecino era proveedor de aquel al que estás boicoteando), o que acabes condicionando tu consumo a un número más reducido de opciones. Sin contar el tiempo que te llevará averiguar si cada una de los cientos de marcas por las cuales abres tu cartera es merecedora de tu boicot, o no. ¿Qué pasa si el propietario de una empresa es “de los tuyos”, aunque viva y produzca en la ciudad “equivocada”? En fin. La teoría clásica del comercio internacional ya tiene más de 200 años, desde que Adam Smith y David Ricardo pusieron las bases de la ciencia económica. Sería bastante pretencioso ponernos a descubrirla ahora.

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Joan Miquel Piqué

Economista y profesor de EADA Business School