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La destrucción creativa de las ciudades

Desde París hasta Barcelona, pasando por Londres y San Francisco, los viejos guetos o barrios de clases trabajadoras se han convertido en barrios de moda, dicen los firmantes de este artículo, autores de un clarificador libro sobre la gentrificación de las ciudades.

La destrucción creativa de las ciudades

Durante los años sesenta, algunos barrios de Manhattan se habían convertido en paisajes totalmente desolados. En ese tiempo, la isla neoyorquina era un lugar de contrastes donde rascacielos del Midtown como el Empire State Building o el edificio Chrysler coexistían con las flophouses del Lower East Side donde dormitaban los personajes del lado salvaje de Nueva York. Sin embargo, cincuenta años más tarde los pisos allí construidos se encuentran entre los más caros del mundo. Como por arte de magia, sobre los restos de barrios destruidos se han creado los espacios más deseados del planeta. Las finanzas siguen construyendo rascacielos pero en Tompkins Square Park los disturbios policiales y los sin techo han desaparecido. En su lugar, un collage de muffins, salas de teatro alternativo, galerías de arte, tiendas de ropa vintage y todo tipo de restaurantes étnicos han convertido al sudeste de la isla en un lugar ineludible para cualquier cazador de tendencias urbanas. ¿Qué ha ocurrido en Nueva York durante las últimas décadas que explique sus transformaciones? ¿Cómo ha sido posible este cambio que lleva camino de convertir a Manhattan en la gated community más grande del mundo, en palabras de Michael Sorkin? ¿Es algo propio de Nueva York o se trata de un proceso en marcha en otras ciudades del mundo? Y, es más, ¿qué significa esta transformación? ¿Es algo a celebrar o debemos repudiarlo?

A lo largo de First we take Manhattan (Catarata) se observa que este fenómeno no es exclusivo de esta isla neoyorkina, donde el debate sigue siendo ineludible. Uno tras otro, los centros urbanos de las ciudades de todo el mundo han cambiado en la misma dirección. Desde París hasta Barcelona, pasando por Londres y San Francisco, los viejos guetos o barrios de clases trabajadoras se han convertido en barrios de moda. Donde había comercios tradicionales ahora se amontonan las tiendas alternativas. Y donde vivían las personas más excluidas ahora se congregan artistas y ejecutivos. Ante estos cambios, algunos hablan de regeneración urbana. Otros, en cambio, utilizan la palabra gentrificación, hasta hace poco relativamente desconocida, pero que desde hace algunos años se usa de forma más frecuente. Es más, podríamos decir que el propio término se ha puesto de moda, hasta el punto de que el economista Paul Krugman le dedicó una tribuna en The New York Times en noviembre de 2015. Sin embargo, el concepto no siempre se emplea con exactitud.

Remontándonos a sus orígenes, Ruth Glass la empleó por vez primera en 1964, cuando utilizó el término gentry (la pequeña nobleza rural británica) para referirse a la llegada de hogares de clase media, muchos de ellos retornados de los suburbios, a barrios tradicionalmente obreros del centro de Londres. En el proceso, los recién llegados promovieron obras de rehabilitación de las viviendas y los edificios de estas áreas, lo cual facilitó el incremento del valor inmobiliario, inicialmente sólo de las propiedades reformadas, pero posteriormente también de las del barrio en su conjunto. Como resultado, los hogares de clase trabajadora encontraron cada vez más difícil pagar la renta que los propietarios exigían por el alquiler de sus viviendas, de forma que paulatinamente debieron abandonar el barrio donde residían. En el proceso, el carácter social de estos territorios cambió mediante la sustitución de las clases trabajadoras por las clases medias y altas profesionales, principalmente de piel blanca, las cuales regresaban a los centros urbanos tras haberlos abandonado décadas. Gentrificación es, en resumen, la apropiación de un barrio por una gentry urbana que no lo habitaba previamente. O, en una definición canónica de Eric Clark (2005:258): “la gentrificación es un proceso que implica un cambio en la población de los usuarios del territorio tal que los nuevos son de un estatus socioeconómico superior al de los previos, junto con un cambio asociado en el medio construido a través de una reinversión en capital fijo”. Como se observa, para que se desarrolle la gentrificación en un barrio es condición necesaria que al inicio del proceso este no fuera el lugar de residencia de las clases acomodadas. Y, sin embargo, esta condición es necesaria pero no suficiente. Junto con ella, una serie sucesiva de condiciones sociales, económicas y políticas explican su emergencia.

En cinco etapas

Para comprender el alcance de este debate, en el libro First we take Manhattan ofrecemos pistas para explorar este fenómeno, y de alguna manera, viajar en el tiempo por los centros urbanos para descubrir cómo se han transformado y por qué. Como resultado de este trayecto, la obra recorre las cinco etapas que caracterizan los procesos clásicos de gentrificación, en cada una de las cuales se satisface alguna de sus condiciones.

El proceso clásico de gentrificación ocurre en un barrio de un centro histórico y su primera etapa ocurre mucho antes de la llegada de los primeros hogares de clase media. Más bien al contrario, el relato comienza con la huida de estos hogares durante los años posteriores a la segunda guerra mundial, cuando el mantenimiento insuficiente de estos territorios hizo que los vecinos que se lo pudieron permitir cambiaran de barrio en busca de las comodidades prometidas por las nuevas periferias. El primer capítulo del libro (“Bombardear la ciudad”) relata esta historia de decadencia urbana, origen de unos vacíos que son estratégicamente rellenados durante las siguientes etapas del proceso. Para ello se narra el declive de dos barrios históricos mediante procesos que, a pesar de estar distantes en el espacio y en el tiempo, comparten una anatomía común del abandono: el Lower East Side de Manhattan durante los años sesenta y el Cabanyal de Valencia en el presente.

A continuación, el segundo capítulo (“Aquí no vivirías ni tú ni nadie”) avanza en el tiempo para describir cómo tales vacíos urbanos son cubiertos por los únicos grupos que encuentran atractivo un territorio abandonado: aquellos colectivos marginados que no pueden permitirse la residencia en ningún otro lugar de la ciudad. En plena hostilidad institucional, la concentración de grupos excluidos de la economía formal favorece actividades como la prostitución o el comercio de drogas que estigmatizan el territorio donde residen. Esta fase permite el vaciado no sólo material sino también simbólico del barrio, de forma que la diferencia entre su valor real y el valor económico que podrían alcanzar sus viviendas y locales en otras condiciones alcanza niveles máximos. Es precisamente este el momento en el que toda una serie de intervenciones públicas contribuyen a borrar el estigma. Para ilustrar estas dinámicas el libro viaja hasta el paradigma del estigma urbano: el Bronx neoyorkino y sus paisajes desolados durante el último tercio del siglo XX. Asimismo, esta experiencia es contrastada con el caso de un barrio fuertemente estigmatizado en una ciudad española (la Magdalena, en Zaragoza), con el fin de establecer pautas comunes y divergentes.

Entre los puntos compartidos se encuentra su devenir tras alcanzar su depreciación más pronunciada. Al respecto, el capítulo tercero (“El urbanismo exorcista”) toma prestada una expresión del antropólogo Manuel Delgado para explicar la lógica de las operaciones de regeneración de estos barrios. Mediante estas intervenciones el significado de estos barrios comienza a cambiar en el imaginario colectivo. Así, en su territorio no sólo cambian las fachadas, sino incluso su propio nombre, como muestran los casos de TriBeCa o NoLIta en Nueva York o El Raval en Barcelona. En esta fase, la acción pública se complementa con las pequeñas iniciativas de pioneros privados. Así, toda una serie de colectivos con una posición social acomodada pero estigmatizados por su estilo de vida (artistas, homosexuales, movimientos sociales) encuentran en estos barrios el lugar propicio para desplegar sus proyectos personales. Los casos del Raval, en Barcelona, y Southwark, en Londres, ofrecen claros ejemplos de estos procesos, si bien mediante estrategias con un alcance diferenciado.

Una vez pacificados por los nuevos pobladores, el capítulo cuarto (“Repostería para perros”) narra la última etapa en la transformación social de los centros urbanos: la llegada de hogares e inversores con más recursos económicos que amenazan la permanencia de los residentes más precarizados, los cuales son desplazados a otras áreas de la ciudad con precios más asequibles para sus recursos. El resultado es la conversión de los antiguos infiernos urbanos en paraísos aptos para el consumo de las clases creativas y cosmopolitas que, a lo largo de este capítulo, recorren las calles de Belleville (París), el SoHo (Nueva York) y Malasaña (Madrid). En ningún caso este conjunto de procesos no es neutral, sino que contrapone los intereses de diferentes grupos, lo cual conlleva prácticas de resistencia por quienes no aceptan su desplazamiento. Por ello, el quinto capítulo del libro (“Banksy Go Home!”) relata las prácticas de oposición de quienes rechazan los procesos de gentrificación. Asimismo, este capítulo también relata las experiencias de algunas ciudades como París y Berlín, donde los gobiernos locales han comenzado a implementar políticas que tratan de combatir los efectos de la gentrificación. En concreto, en ambas ciudades se observa un temor incipiente en relación con la transformación de sus centros urbanos en auténticos guetos de millonarios.

Quizás no sea tarde

A lo largo de todos los capítulos se presentan las diferentes perspectivas existentes sobre la gentrificación, desde aquellas que la promueven como un medio de renacimiento urbano hasta aquellas que la rechazan por considerarla un medio de explotación. Mientras los primeros celebran este renacer urbano, los segundos denuncian la venta de la ciudad. ¿Quién lleva razón en este debate? En este libro, no es hasta el capítulo de conclusiones (“Then We Take Berlin”) cuando se propone una lectura concreta de la gentrificación como un signo local de las estrategias más amplias del neoliberalismo global. Como se ha adelantado, buscando respuestas sobre este tipo de fenómenos urbanos, el libro parte de Manhattan, donde desde sus orígenes este proceso se observó con más intensidad, hasta llegar a Berlín, donde las resistencias se han multiplicado.

De esta manera, este libro no es sólo un viaje en el tiempo, sino además un trayecto por diferentes ciudades del mundo: un recorrido en el que descubrir si los procesos clásicos de gentrificación tal como se han registrado en contextos norteamericanos y europeos sirven también para explicar el cambio de los centros de las ciudades españolas. Así, al mismo tiempo que se desentrañan las condiciones y las etapas de los procesos de gentrificación, el lector recorrerá las calles del SoHo en Nueva York, los locales de Belleville en París, las viviendas de Southwark en Londres o los grafitis de Kreuzberg en Berlín. Y más acá, el contraste de las dinámicas de estos barrios con los casos españoles llevará al lector a la calle del Desengaño en Madrid, a los mercadillos de la Madalena en Zaragoza o a contemplar el paisaje agridulce de El Cabanyal en Valencia.

Mención aparte merece el caso de Barcelona. En tanto que la gentrificación es un fenómeno del neoliberalismo global, este es tanto más fuerte cuanto mayor es la jerarquía de una ciudad en el sistema urbano global. Por ello, la virulencia del proceso alcanza sus mayores cotas en Nueva York, Londres o París. Barcelona, a pesar de su modesto tamaño, se ha ganado un puesto en esa jerarquía mundial al especializarse como la ciudad cool por antonomasia, la urbe del disseny y de Gaudí, lo cual tiene una repercusión evidente en su actual “muerte de éxito” debido al turismo descontrolado. Al respecto, hay quien cuestiona que esta turistificación sea una forma de gentrificación. Lo cierto es que produce similares efectos de desplazamiento de las poblaciones más vulnerables, y probablemente a una velocidad mayor. Los apartamentos turísticos, con la explosión del fenómeno Airbnb, se han convertido en uno de los activos inmobiliarios más rentables (y poco reglados), y están atrayendo fuertes sumas de capitales globales. Así, en Barcelona un gran número de viviendas están siendo vendidas para su explotación turística, dejando su función residencial para convertirse en negocios.

En un evento organizado por ONU Habitat y el Ayuntamiento de Madrid, Joan Subirats (catedrático de la UAB) explicaba que esta presión inmobiliaria ha hecho dispararse los alquileres en Barcelona de 11€/m2 a 16€/m2. Este ejemplo resulta elocuente de las consecuencias que estas dinámicas pueden tener sobre las condiciones de vida de las poblaciones más precarizadas. Al respecto, algunos autores comienzan a considerar la gentrificación como una manifestación más de los desplazamientos a diferentes escalas que generan las fuerzas del mercado a nivel global: desde el desahucio de los antiguos vecinos de los centros históricos hacia las periferias hasta el drama de los refugiados que son forzados a abandonar sus países. En el caso de la gentrificación de los centros urbanos, el último capítulo del libro repasa algunas de las medidas que pueden revertir estos procesos: desde la regulación de los alquileres y el incremento en el parque de vivienda social hasta el control de los alojamientos turísticos, entre otras. En un artículo, el diario The Guardian cuestionaba: “¿Qué está haciendo tu ciudad para resistir la gentrificación?”. Quizás todavía no sea tarde para que políticos y habitantes de nuestras ciudades se hagan esa pregunta.

Álvaro Ardura
Autor de First we take Manhattan (Catarata)
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Daniel Sorando
Autor de First we take Manhattan (Catarata)