Lo relevante es contar con una industria amplia, pero cimentada en una estructura sesgada hacia sectores que incluyan tecnología media y alta.

El interés por la industria ha pasado a ser prioritario en los debates económicos y en la agenda de las autoridades responsables de diseñar y ejecutar las políticas económicas. Este renovado interés se justifica por la incertidumbre surgida respecto a la mayor dificultad para crecer de forma sostenida cuando no se dispone de un sector industrial (manufacturas, fundamentalmente) fuerte y arraigado en el modelo productivo.

 

Un largo proceso de desindustrialización

No nos equivoquemos, la crisis económica no ha provocado la desindustrialización en las economías occidentales. La industria ya estaba perdiendo peso en el conjunto de la economía desde hacía bastante tiempo y ha sido un fenómeno intensamente estudiado. El cambio de la estructura sectorial se aceptaba como una trasformación intrínseca al desarrollo económico que culminaba con un sector servicios muy extenso. Cuando se comenzó a hablar de desindustrialización se hacía referencia al desplazamiento de las industrias del centro de las ciudades hacia las afueras. Más tarde, este desplazamiento se producía desde los países más desarrollados hacia los países próximos con menor desarrollo (por ejemplo, desde el centro de Europa hacia los países del este). Recientemente, la irrupción de los países emergentes ha llevado a la creación de cadenas de producción globales y el desplazamiento de la industria está motivado por la búsqueda, en cualquier parte del mundo, de costes laborales más reducidos que mantengan niveles de calidad aceptables.

La economía española no ha sido ajena a este dilatado proceso. Con el desarrollo económico, primero se redujo el sector primario y, después, el sector industrial para dar paso a un sector servicios cada vez más amplio. Conviene remarcar que, aunque durante este proceso el peso de la industria en las actividades productivas de la economía disminuye, el valor nominal de la producción industrial sigue una tendencia creciente. Así, en el año 2000 la industria española era responsable del 20,6% del VAB total y en 2007 se había reducido al 18,2%. Sin embargo, el valor de la producción industrial creció a una tasa media anual del 5,6%. Lo que ocurre es que este avance fue inferior al protagonizado por el sector servicios o la construcción cuyos precios, además, subían más rápidamente de la variación que experimentada en los precios industriales.

La desindustrialización también muestra sus efectos en el empleo. En esta variable, a diferencia del valor añadido, desde comienzos del siglo XXI se produce una contención en las personas ocupadas en la industria e incluso en algunos años una reducción. Por tanto, se produjo un rápido declive del empleo industrial pasando de un 18,4% de los ocupados en 2000 a un 14,8% en 2007.

 

Una preocupación renovada por potenciar la industria

Existen varias razones que se ponen de manifiesto con mayor virulencia durante la crisis en las que se fundamenta esta corriente de mayor interés por la industria. Conocer estas reflexiones es imprescindible para entender la relevancia que la industria española conserva, a pesar del duro ajuste sufrido entre 2009 y 2013, de cara a fomentar y fortalecer un crecimiento sólido y sostenido.

 

1. La industria ofrece mayor capacidad de resistencia ante situaciones de recesión

La crisis económica ha puesto de manifiesto que países que contaban con una industria fuerte en el momento de iniciarse la recesión han conseguido sufrir con menor intensidad los efectos negativos de la crisis; mientras que las economías cuyo sector industrial se había debilitado en exceso han experimentado mayores retrocesos en su riqueza (y en el empleo). Se esgrime como referente el caso de Alemania cuya industria en 2007 representaba el 26,4% del VAB total y entre 2008 y 2013 ha registrado un crecimiento positivo medio anual del 0,62%. Por el contrario, España y el Reino Unido cuyo sector industrial presentaba el 17,3% y 15,9% del VAB total, respectivamente, han mostrado peores resultados con sendas caídas en el PIB real que en tasa media anual llegan al -1,16% en el primero y del -0,15% en el segundo.

Sin embargo, esto es una evidencia que no debe trasladarse a teoría. Es preciso incluir matices, puesto que existen ejemplos que la contradicen como Italia cuya industria generaba el 20,8% de su VAB en 2007 y durante la crisis su PIB real ha caído a una tasa anual del -1,42%. Esto indica que lo relevante es contar con una industria amplia, pero cimentada en una estructura sesgada hacia sectores que incluyan tecnología media y alta.

 

2. Mejores condiciones del empleo industrial

Por una parte, existe mayor estabilidad del empleo industrial frente a la elevada temporalidad del empleo en la construcción y la agricultura, pero también en los servicios. En el del tercer trimestre de 2015 los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) indican que la tasa de temporalidad en la industria es del 20,1% frente a una tasa media del 26,2% (en los servicios es igual a 25,0% y en la construcción 42,7%). Además, esta característica se observa tanto en etapas expansivas de la economía como en las recesivas siendo la evidencia española contundente. Durante la etapa expansiva la tasa de temporalidad era muy superior a la actual (un 30,0% en el primer trimestre de 2008), e incluso entonces sólo un 21,8% de los asalariados en el sector industrial tenían un contrato temporal. Por otra parte, se observa una mayor cualificación en el empleo industrial que en el empleo en la construcción, en la agricultura o en gran parte de los servicios. Ambos rasgos definitorios unidos a la mayor incorporación de capital y bienes de equipo justifica que los incrementos de productividad en la industria sean superiores a los generados en la economía.

Hablar de mejores condiciones laborales cuando el sector industrial ha sufrido una fuerte destrucción de empleo que ha afectado a 750,2 mil personas entre 2008 y 2013 parece contradictorio. Sin embargo, esta corrección en los modelos productivos supone que los asalariados que permanecen en las empresas poseen una mayor cualificación que conlleva una mayor eficiencia y competitividad. Esto ha permitido un incremento anual del salario medio en las manufacturas en este periodo de un 1,2% que comparado con otros sectores es muy elevado. De hecho, el salario medio no ha aumentado en la mayoría de los servicios y en los servicios de información y comunicación –que emplean a los trabajadores de mayor cualificación– se registra un incremento anual del 0,85%.

 

3. La industria es responsable de la mayor parte de las exportaciones

En un mundo cada vez con economías más interrelacionadas y con crecientes cadenas de producción globales, la exportación de productos industriales es fundamental en las balanzas comerciales. En España, las exportaciones de productos industriales suponen cerca del 70% de los ingresos por exportaciones de bienes. Pero, además, en nuestro caso, mantener una senda creciente de ingresos por exportaciones es crucial porque, aunque ahora los bajos precios energéticos no presionan en las importaciones, existe una elevada propensión marginal a importar que es preciso neutralizar para no depositar todo el coste de la financiación del déficit comercial sobre el turismo.

La posición reciente de las exportaciones de productos industriales se puede catalogar de extraordinaria en un período de retroceso del comercio mundial. Los empresarios, ante la debilidad de la demanda interna durante la crisis, han sabido buscar nuevos mercados exteriores saliendo fuera incluso de la Unión Europea. En efecto, las exportaciones mantienen su excelente trayectoria. Los sectores que lideran este crecimiento son el sector del automóvil, el sector de alimentación, bebidas y tabaco, y el de productos químicos. Más relevante si cabe es que estos tres sectores constituyen casi el 50% del total de las exportaciones españolas, por tanto, este dinamismo permite tener muy buenas expectativas futuras.

 

4. Más de la mitad de la innovación española se realiza en la industria

La contribución de la industria en el sistema de innovación es decisiva con un 51% de la inversión en innovación, muy superior a su aportación al VAB español. Todos los indicadores de innovación revelan esta preponderancia. Las empresas industriales, aunque son mucho menos numerosas que las de servicios, representan el 45,8% de las empresas españolas que invierten en I+D. Además, a pesar de que en los últimos años han reducido su número más intensamente, esa cifra muestra una tendencia creciente.

Conviene señalar que, a veces, surgen dificultades en las actividades más innovadoras en empresas que han seguido estrategias de deslocalización de su proceso productivo básico (más intensivo en trabajo) y que han dejado en la matriz solo las actividades de alta cualificación. Estos obstáculos emergen debido a la falta de conexión entre los departamentos tecnológicos y de innovación con la cadena productiva que impide reconocer las necesidades de innovación y las vías de mejora en el proceso productivo. Por ello, en algunos sectores –conscientes de este problema– se ha vuelto a revertir parte de la producción a la matriz con el fin de fomentar el desarrollo tecnológico.

 

Por un renacimiento de la industria

Por tanto, está más que justificado el atractivo de conseguir, conservar y cuidar una industria robusta y eficaz como condición necesaria (aunque no suficiente) para alcanzar un modelo productivo que asegure un crecimiento económico sostenido. Es por ello que en todos los países occidentales está vigente la idea de diseñar e implementar políticas industriales en busca de un renacimiento de la industria que se ha denominado también reindustrialización de las economías. La Comisión Europea (en diciembre de 2014) en su informe “For a European Industrial Renaissance” afirma que “una base industrial fuerte es fundamental para la recuperación económica y la competitividad europeas” y ha establecido como objetivo que el sector industrial en el año 2020 genere el 20% del PIB.

Todos estamos de acuerdo en que debemos potenciar una industria resistente. Sin embargo, el debate se está centrando demasiado en la “cuantía” de la participación de la industria en la economía y no todos los países tendrán la misma industria aunque se llegara al 20%. En el caso español, ha existido una acusada externalización hacia empresas de servicios de actividades que se realizaban en empresas industriales. Esto provoca un cambio contable que reduce la presencia de la industria pero no significa que sea menos competitiva, de manera que no se deberían dedicar esfuerzos a revertir esta situación. Las voluntades de los empresarios y de la política industrial deberían dirigirse y poner el acento en buscar una mayor “calidad” de la estructura industrial, es decir, que se fundamente en actividades asociadas a tecnologías medias y altas.

La reestructuración de la industria española durante los últimos años va en la buena dirección, ya que está creciendo la presencia de los sectores de tecnología alta y media alta. La crisis ha intensificado esta tendencia poniendo de manifiesto la capacidad de resistencia de estos sectores que exportan más y están menos expuestos a la caída de la demanda interna. En consecuencia, la industria española la sitúa en buena posición para garantizar la incorporación de bienes de equipo, tecnología, innovación y trabajadores cualificados. A partir de esta base, las empresas pueden seguir mejorando su productividad (modelo de producción) y su competitividad (relación entre el modelo productivo y los costes de producción). Con todo ello, los productos industriales españoles podrán, en el mercado interior, enfrentarse a las importaciones en mejores condiciones y, en los mercados internacionales, mantener unas exportaciones atractivas que consoliden su cuota mundial. Los últimos datos disponibles corroboran que se poseen los cimientos para el fortalecimiento de la industria y, con ello, asegurar un crecimiento firme y duradero.