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Apenas hemos echado en falta al Gobierno

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Aunque hayamos batido nuestro récord de duración de una etapa en que España no haya tenido Gobierno, la verdad es que, a efectos prácticos, ni se ha notado mucho ni ha tenido ninguna consecuencia dramática. Tanto los agoreros como los oficialistas han querido presentar esta circunstancia como una penosa penitencia que el país merecía por haberse equivocado colectivamente la última vez que fue a votar, pero la España real y cotidiana ha funcionado con normalidad. En muchas conversaciones privadas se ha comentado que nos hemos parecido bastante a Italia, un país políticamente retorcido y complejo donde la fuerza vigorosa de la sociedad civil y del tejido empresarial han convertido en intrascendentes las repetidas ocasiones en que no han tenido Gobierno. Porque, como muy bien saben los italianos y empezamos a saber los españoles, la falta de Gobierno siempre es mejor que la existencia de un mal Ejecutivo, y de lo segundo hemos tenido variadas experiencias en los dos países.

Habría drama cuando pasasen cosas que hiciesen echar en falta o añorar al Gobierno que se tuvo. Pero aquí no es el caso. En este plazo de tiempo sin Gobierno ha funcionado razonablemente la exportación, no ha habido desastres ni en la inversión extranjera ni en la interna, el consumo ha progresado, se han creado más empresas de las que se han destruido, ha avanzado la urgente digitalización del proceso productivo, no se ha interrumpido el diálogo entre la patronal y los sindicatos, y hemos tenido una conflictividad social de repercusión pública sensiblemente inferior a la existente en los cuatro años precedentes. En todas esas cosas, que son muy importantes, España ha ido hacia adelante.

Pero siguen los problemas del desempleo y del desbocamiento de nuestra deuda. Para empezar a resolverlos hacen falta políticas activas que, en esos casos sí, sólo pueden surgir de gobiernos legitimados que tengan capacidad, ideas y determinación, y que además cuenten con el respaldo de una mayoría parlamentaria. Pero, ay, también se debe reconocer que cuando teníamos eso Rajoy tampoco hizo nada realmente eficaz y trascendente para encarrilar buenas soluciones a ambas cosas. La deuda ha crecido y es tan colosal que hipoteca nuestro futuro mucho más de lo que piensa el ciudadano medio, y Europa nos apretará por ello hasta niveles insoportables en los próximos años. A pesar de ello Rajoy, con inequívoca intencionalidad electoralista, ha aprovechado esta etapa en que todavía está (aunque sea en funciones) para mostrarse  más generoso con los funcionarios de la Administración central que con quienes están en las colas de las listas de espera hospitalaria…

Sé que tengo discrepantes respecto a mi valoración negativa de lo hecho por Rajoy con la otra cuestión trascendente, el empleo. La sostengo. No me valen las estadísticas meramente cuantitativas y considero horroroso consolidar, como se ha hecho estos años, un modelo económico que considera solución al desempleo una generalización de los puestos de trabajo hiperfrágiles. Y eso es lo que hemos tenido: la extensión de una ocupación laboral con remuneración insuficiente (nunca habíamos tenido tantos asalariados inequívocamente pobres y necesitados de ayudas para la mera subsistencia), y una duración contractual media tan breve que las familias tienen imposibilidad de efectuar mínimas previsiones de futuro para negociar hipotecas, comprar a plazos cosas importantes o planificar para los hijos estudios de plena dedicación que no comporten el riesgo a tener que abandonarlos para pasar a contribuir a la renta familiar con un subempleo más. Este panorama laboral que Rajoy presenta como un éxito es empobrecedor no sólo para los afectados sino para la expectativa del conjunto de la economía del país.

No podemos quejarnos de la provisionalidad del “en funciones” durante tantos meses porque el Gobierno de Rajoy lo que es gobernar de verdad tampoco lo había hecho mucho, salvo en su política de diluir la calidad democrática no encarando la corrupción rampante de sus propias filas, creando opacidades y disimulando la contradicción entre lo que hacía y lo que había prometido hacer. Junto a eso, ni remató adecuadamente el final de ETA, ni suavizó la crispación catalana, ni ganó prestigio en la esfera internacional (las cifras de la acogida real en la cuestión de los refugiados causa vergüenza a los españoles de todos los colores políticos).

Económicamente España se defiende y va mejor por lo mucho y bien que trabajan –con Gobierno estable o con ministros con mandato prorrogado– los ciudadanos con empleo. Pero como equipo, el  que encabeza Rajoy ni antes ni en esta etapa en funciones ha conseguido crear las condiciones idóneas para una mejor colaboración entre los empresarios y la Administración, ni ha catalizado el desarrollo de un entorno favorable para una actividad económica con menos trabas y más estímulos. Con todo, los meses transcurridos en la provisionalidad política no han sido meses perdidos. Por lo menos el país se conoce a sí mismo políticamente un poco mejor. Ser más conscientes de las realidades y constatar que España sabe vivir y trabajar durante una crisis así era una asignatura pendiente. Y la hemos aprobado con cierta holgura.

Antonio Franco

Periodista