El cambio climático es uno de los problemas globales más acuciantes y potencialmente más dañino de entre todos los que tiene que afrontar la humanidad. A pesar de que no se trata de un fenómeno descubierto recientemente —la comunidad científica, en su mayoría, lleva décadas alertando del progresivo aumento de las temperaturas en el planeta—, sí es una novedad que la problemática se afronte con una estrategia verdaderamente global.

Los acuerdos de París, alcanzados durante la Cumbre del Clima celebrada en la capital francesa en 2015 y rubricados en abril de 2016, consiguieron aparentemente que todos los estados del globo, por primera vez sin grandes fisuras entre países desarrollados y en vías de desarrollo, comenzaran a remar en la misma dirección para combatir el calentamiento global.

El objetivo fijado por los gobiernos de los 195 países firmantes es claro: contener el aumento de la temperatura mundial y no permitir que ésta se incremente en más de 2 grados centígrados respecto a los niveles preindustriales. El cumplimiento del acuerdo, no obstante, queda supeditado a la buena voluntad y al compromiso de los estados que lo han suscrito, ya que no se contemplan aplicar sanciones a los países indisciplinados.

A pesar de las enormes expectativas suscitadas, el pacto no ha tardado en recibir un revés en forma de baja de uno de los firmantes más relevantes. En pos de los intereses norteamericanos, el presidente Donald Trump anunció que retiraba a los Estados Unidos del Acuerdo de París a principios de junio. Debido a algunas de las cláusulas estipuladas en el convenio, EEUU no puede darse de baja formalmente como mínimo hasta 2020 pero, si se mantienen las circunstancias actuales, parece prácticamente imposible que la primera potencia mundial vaya a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero entre un 26% y un 28% antes de llegar a 2025, tal y como se había comprometido durante la administración Obama.

Aunque se trata de un contratiempo importante, el flamante Presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, se apresuró en ratificar que los compromisos alcanzados en París se mantendrán vigentes con o sin el concurso de Estados Unidos. Lo hizo a través de la proclama “Make the planet great again”, en evidente alusión al lema de campaña de Trump “Make America great again”. Habrá que esperar para ver hasta qué punto el carisma del Presidente de la V República puede llenar el vacío que deja la marcha del segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero —sólo por detrás de China— y si el compromiso de Macron es firme o se trata de una maniobra para situarse en la escena internacional enmarcado en los primeros pasos de su mandato.

 

La rentabilidad de reducir emisiones

Exxon Mobil, General Electric, Apple, Google o Nike fueron algunas de las firmas estadounidenses que reclamaron a Trump, sin éxito, que no excluyera a EEUU del tratado de París. Más allá de la concienciación que puedan tener estas compañías y sus dirigentes respecto al cambio climático, lo cierto es que la sostenibilidad medioambiental es rentable.

Al menos esto es lo que proclama la OCDE en su informe “Invertir en clima, invertir en crecimiento”. Según el organismo internacional, integrar las medidas necesarias para combatir el cambio climático propiciaría un crecimiento del PIB en las economías del G20 de un 1% hasta el año 2021 y del 2,8% hasta 2050.

Compañías de todos los sectores de actividad comienzan a interpretar y a interiorizar el mantra de que la sostenibilidad y la reducción de emisiones son rentables y están tomando medidas. Repsol, por ejemplo, ha invertido 500 millones de dólares en el fondo de la Iniciativa Climática de Petroleras y Gasistas (OGCI, por sus siglas en inglés), que está compuesto por diez compañías energéticas más, y cuyo objetivo es acelerar la implantación comercial de tecnologías de reducción de emisiones. En este sentido, uno de los proyectos en los que trabaja la firma española es en el de convertir el monóxido de carbono en materia prima para fabricar plástico.

 

Mercadona, a la vanguardia

Otro de los casos paradigmáticos de compañía que apuesta estratégicamente por políticas ecofriendly es Mercadona. La cadena de gran distribución ha invertido 52 millones de euros en los últimos dos años en mejorar los diferentes procesos, productos y servicios que tienen incidencia en el medio ambiente. Sus actuaciones se han centrado principalmente en tres ejes:

Optimización logística: El modelo logístico de Mercadona parte de la premisa de transportar el máximo posible con el mínimo de recursos. Para conseguir una mayor eficiencia, Mercadona utiliza un modelo de “logística inversa” que permite que, una vez los camiones han descargado los productos en los supermercados, vuelvan llenos a los proveedores con envases para reciclar, cajas reutilizables o palés. Esto permite que los viajes de camiones vacíos prácticamente desaparezcan.

Otro de los retos logísticos a los que se enfrenta la compañía y sus proveedores es conseguir llenar al máximo su flota en el proceso de transporte. Para conseguirlo, se trabaja en el ecodiseño de envases y en el paletizado con el objetivo de evitar transportar aire y aumentar el número de unidades contenidas en los palés. Estas medidas han permitido elevar la tasa media de llenado de los camiones al 81%.

Otra de las medidas adoptadas por Mercadona es realizar el proceso de descarga en los supermercados durante las horas de menos tráfico, lo que reduce la congestión urbana y las emisiones. La firma también ha puesto en marcha una prueba piloto con camiones propulsados por gas natural licuado que emiten un 40% menos de CO2 que los vehículos de transporte convencionales.

Gestión de residuos: Uno de los principales retos de la compañía en este aspecto es el de conseguir el máximo aprovechamiento de los alimentos. Por este motivo, bajo la tutela de Mercadona, se establecen procedimientos de simbiosis empresarial entre proveedores e interproveedores para que los subproductos de un proceso puedan ser reaprovechados. Un buen ejemplo de estas colaboraciones es la introducción del servicio de zumo recién exprimido en los supermercados, que aprovecha naranjas que no habrían tenido salida en el mercado como piezas de fruta y que ha supuesto compras a los agricultores de 2.500 toneladas de naranjas en 2016. Algo parecido pasa con los brócolis que no reúnen los estándares de tamaño o peso para ser comercializados por los agricultores y que son aprovechados por Verdifresh, uno de los interproveedores de Mercadona, como floretas de brócoli.

Por otra parte, la cadena de distribución también minimiza el desperdicio alimentario en sus supermercados a través de la colaboración con diversas entidades. Los alimentos que ya no son aptos para la venta pero que todavía están en óptimas condiciones de consumo, son donados a comedores sociales. Actualmente Mercadona mantiene convenios de colaboración con más de 130 de estos centros en toda España.

Ahorro energético: En este apartado es necesario destacar el nuevo modelo de tienda que la firma valenciana se dispone a extender progresivamente a toda su red de supermercados y que rebaja hasta en un 40% el consumo energético respecto a sus homónimas anteriores. Las instalaciones renovadas disponen de muebles de congelados cerrados que reducen las pérdidas de frío y ahorran energía, iluminación led, gestión energética sectorizada que permite ajustar los consumos en base a las necesidades y de un mejor aislamiento que optimiza la climatización y reduce el consumo energético.

Durante 2017 la compañía invertirá más de 180 millones en adaptar unos 125 establecimientos a los nuevos modelos de tienda. Además de incrementar su eficiencia, la remodelación implicará un lavado de cara total de los establecimientos, que cambiarán por completo la decoración interna y la distribución de las secciones.

 

La situación en España

A nivel de país, España todavía tiene camino por recorrer en lo que a la lucha contra el cambio climático se refiere. Según un informe de la Agencia Europea del Medioambiente, España es el miembro de la Unión Europea que más ha aumentado sus emisiones de gases causantes del efecto invernadero a la atmosfera en las últimas décadas.

En 2015 España generó 47.833 millones de toneladas más de CO2 que en 1990, lo que supone un incremento del 16,6% respecto a 1990. No obstante, hay que tener en cuenta el atenuante de que España ha tenido un desarrollo industrial tardío en comparación con muchos de sus homólogos europeos. Si nos fijamos en la tendencia seguida en los últimos años, las emisiones han calcado la evolución de la actividad económica: tocaron fondo en 2013 y después han repuntado. Para cumplir los objetivos comprometidos con la Unión Europea, España debería reducir un 26% sus emisiones de gases de efecto invernadero antes del 2030.