En macroeconomía, la métrica a la que, en general, se dedica mayor atención es la evolución del Producto Interior Bruto, por ser el crecimiento económico y sus efectos sobre el empleo y el nivel de vida de los ciudadanos una cuestión clave en toda sociedad contemporánea.

Naturalmente, otras magnitudes como la inflación, el desempleo o el déficit público son también de capital importancia, pero, en especial cuando la economía crece, las autoridades económicas gustan de explicar las tasas positivas, como una forma de aparecer vinculadas a los procesos de mejora.

No es fácil olvidar cuando en los momentos más duros de la reciente recesión, la llamada Gran Recesión, los ministros de las áreas de economía se referían a la evolución de un PIB que se reducía, con la expresión “tasas de crecimiento del PIB negativas”. Todo un ejercicio balsámico para explicar que la economía tenía problemas, siempre que aceptemos que el crecimiento, si procura ser sostenible, aporta bienestar a la sociedad.

En cuanto a los indicadores sobre el mercado de trabajo, como en muchas cuestiones sociales y económicas, los medios de comunicación suelen dedicar espacios a las noticias de impacto inmediato, aun cuando se refieran a variables con características de tipo estructural, como es el caso del empleo. Es lógico, pues la velocidad a la que se producen los acontecimientos no deja espacio suficiente para una mirada que tenga en cuenta factores estructurales.

El mercado de trabajo, en la vorágine de las informaciones económicas de cada día, queda muchas veces definido y comentado por la evolución de la tasa de paro, en especial para el caso español, en concreto, por la que cada trimestre ofrece el Instituto Nacional de Estadística (INE) a través de la Encuesta de Población Activa (EPA).

La EPA es una publicación trimestral que contiene una información pormenorizada de las variables que influyen en la tasa de paro. La última EPA disponible [en el momento de escribir este artículo] es la publicada en julio de 2017. En ella se informa de una tasa de paro de la economía española del 17,22 por ciento, dentro de una senda lenta de disminución, como consecuencia del crecimiento de la economía.

La economía española registró en el segundo semestre de 2017 un crecimiento del PIB del 0,9 por ciento inter-trimestral, con un crecimiento interanual del 3,1 por ciento según el último boletín de coyuntura del Círculo de Empresarios.

Una tasa de crecimiento del PIB de más del 3 por ciento puede considerarse, dadas las circunstancias y entorno actuales, como muy positiva, pero no es aceptable tener, al mismo tiempo, una tasa de paro superior al 17 por ciento, aunque se hubiese alcanzado en el año 2012 un nivel del 25,77 por ciento, siempre referido a los datos de la EPA.

Es evidente que una economía que crece y tiene al mismo tiempo una tasa de paro como la citada, del 17,22 por ciento, está operando muy por debajo de su potencial, dejando gran cantidad de recursos ociosos y muchos otros en un alarmante grado de infrautilización.

En el caso de la economía española, el elevado desempleo se ha convertido, a fuerza de permanecer en una situación crónica, en una no deseada normalidad.

No es una materia que pueda resolverse mediante decretos, o mediante la necesaria simplificación de los sistemas de contratación, sino que requiere una actuación estratégica de calado, situando la empleabilidad de las personas como uno de los objetivos sociales de mayor urgencia y profundidad.

En informes coyunturales diversos, e incluso en los trimestrales de la ya citada EPA, suele hacerse mención expresa de la evolución del paro de los jóvenes. En la nota de prensa de la última edición se dice que “el descenso del paro de este trimestre se concentra en el tramo de 25-54 años, 314.800 parados menos”. Pero no se hace comentario en dicha nota sobre los parados de más de 55 años, a quienes, para alcanzar los derechos completos para la jubilación, a los 67 años, les quedan bastantes años con un mercado de trabajo que se les cierra por causas diversas y complejas.

Sobre el tramo de los trabajadores de más edad comienzan a aparecer estudios que profundizan en el problema, tales como el elaborado por el Gabinete Técnico Confederal de UGT (febrero 2017), Mayores de 55 años en el mercado de trabajo español, en el que se analiza la situación y se proponen algunas medidas.

Volviendo a recomendaciones de representantes de quienes ofrecen empleo, por ejemplo, el citado del Círculo de Empresarios, que ha insistido, en palabras de su presidente, Javier Vega de Seoane, en que “hay que trabajar en mejorar la empleabilidad de la gente que está en el paro”. En este sentido, conviene tener presente que una forma de mejorar la empleabilidad es fomentar el espíritu emprendedor, no solamente en la promoción de nuevas empresas, sino en la creación de una mentalidad que permita a las personas adquirir las competencias y habilidades que les serán útiles, tanto si trabajan como pequeños emprendedores, o autónomos, o dentro de una organización de mayor tamaño.

Un libro, de lectura obligada, de César Molinas y Pilar García Perea (2016), con propuestas sobre el empleo y la ocupación en España, tiene un título que puede servir como resumen, de este artículo: Poner fin al desempleo ¿queremos? ¿podemos? Querer cambiar la situación, de verdad, sería la principal premisa para dar los primeros pasos.